¿Cree que es un buen jefe?

Esa pregunta debería planteársela muchos líderes que gobiernan a sus equipos convencidos de que son unos genios de la gestión. Un ejercicio de humildad muy recomendable es averiguar qué piensan sus subordinados, cómo le sufren y qué cambiarían de su forma de trabajar.

¿Qué diferencia a los buenos jefes de los malos? Muchas cosas, es cierto, pero una de las más importantes es que los buenos son humildes, reconocen sus imperfecciones y escuchan a los que tienen a su alrededor: compañeros, superiores y subordinados.

“El coste de los responsables ineptos y agresivos es enorme, sus equipos trabajan más torpemente, cometen errores e incluso sufren más problemas cardiacos”, comenta Robert I. Sutton en su libro Buen jefe, mal jefe.

Para evitar la proliferación de nefastos gestores Sutton propone a toda persona que tenga un grupo de profesionales a su cargo que responda al siguiente cuestionario:

¿Qué sorprende más a mis subordinados de mis actos y estados de ánimo?, ¿Qué opino de mi propia competencia y compasión?, ¿Cómo reacciona mi equipo a las grandes y pequeñas cosa que hago?¿Querrían trabajar de nuevo conmigo?, ¿Soy consciente de lo que significa trabaja para mí?

Si consigue recopilar todas las respuestas se sorprenderá y probablemente se deprimirá. Como la mayoría de los seres humanos, los directivos no ven sus fallos y se consideran mejor que los demás. Ése es el peor y más grave de sus errores: la soberbia y la prepotencia.

Por ejemplo, si descubre que sus colaboradores le consideran un directivo tóxico acepte la incómoda verdad, admita las críticas y no mate al mensajero. Si su radiografía muestra que es un experto en presionar hasta el límite en nombre de la productividad y los objetivos, aprenda a frenar. Las consecuencias de exigir sin medida pueden ser nefastas. Diseñe con su equipo un plan de trabajo que permita alcanzar las metas sin descuidar las características y necesidades de cada profesional. Y recuerde que con un trato irrespetuoso no podrá esperar mucha compasión o esfuerzo adicional cuando una situación lo requiera.

El mal humor y el “yo soy así” no tienen buena prensa. Si éste es su caso busque las causas que motivan su estado de ánimo. Si consigue controlarlas, además de mejorar personalmente, conseguirá un acercamiento a sus subordinados que se traducirá en nuevas propuestas y planteamientos.

Vía: Expansión.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion