La mala ortografía revela tu verdadera educación

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Pensemos en la mala ortografía como una forma de suicidio, si entendemos la metáfora en su sentido cabal no estaríamos exagerando. Esta falta de educación en las personas se revela con mayor notoriedad debido a las redes sociales. ¿Cuántos políticos, líderes de opinión y periodistas han sido el centro de las burlas por los errores de redacción aparecidos en sus tuits o en sus estados de Facebook?

La correcta ortografía no es un objeto de lujo

La gramática y el manejo del idioma son factores que nos han inculcado desde niños, y si la niñez no nos ha sido suficiente, la adolescencia, y hasta la juventud, han sido espacios donde hemos podido aprender que existen diferencias entre “revólver” y “revolver”. Esa pequeña línea oblicua marca la diferencia. Un verdadero profesional debe sobresalir del resto.

Pero estas exigencias no sólo hay que pedirlas al empleado, también hay que hacerlas efectivas a los empleadores y/o empresas (¡cuántas veces he hallado en avisos laborales horrores imperdonables!). Un profesional cabal dudaría mil veces en ingresar a este tipo de establecimientos, incluso los subestimaría por mediocres.

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Uno puede contar con infinidad de títulos académicos (Licenciatura, Doctorado, Ph. D.), pero tu carta de presentación inevitable será tu forma de escribir. No importa si tu currículum está empeñosamente actualizado, menos que hayas ido a la entrevista con un terno de seda italiana, porque si la redacción que presentas no está a la altura de un estudiante de secundaria que ha aprobado sus cursos de lenguaje, tu reputación estará mucho más que menoscabada.

La correcta ortografía es sinónimo de calidad

La mala ortografía hace gastar dinero a las empresas para que sus ejecutivos aprendan a escribir. También ahuyenta a clientes serios y preparados.

Hay que decir una verdad: la mayoría de personas no le toman interés a las letras. Creen que por el mismo hecho de hablar el español ya conocen su adecuado funcionamiento. Desde la etapa universitaria suelen relegar esta parte de su educación. Sin embargo, esta carencia queda tatuada en la frente como un gran lunar indeleble que señala la dejadez. Porque, a fin de cuentas, la mala ortografía se debe a ello: la ociosidad por no haber querido aprender tu idioma.

Pensemos, ¿alguien que desea asumir el rol de líder sería respetado por sus empleados si cuenta con errores infantiles de redacción?, o viceversa, ¿un jefe estimaría en su justa medida a alguien que en sus informes utilice el inexistente verbo “hayga”? Yo tendría infinidad de reparos ante ello, ¿y tú?

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